Adiós al estado del bienestar

Las manifestaciones en Grecia se repiten día tras día. La gente está abrumada. Empiezan a darse cuenta de que pasarán décadas hasta que vuelvan a vivir en un estado del bienestar similar al que tenían antes de iniciarse la crisis.

© 2011 apαs by Flickr.com

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(Nacho G. Mostazo) Los ciudadanos griegos se resisten, y los políticos más, pero es un hecho que están desvaneciéndose muchos de sus beneficios sociales conquistados durante el siglo XX: disfrutar de una sanidad universal y gratuita, pensiones generosas desde edades tempranas, subsidios para que ningún ciudadano se quede atrás, becas para que todos puedan estudiar, ayudas de todo tipo para las personas dependientes, subvenciones a casi cualquier actividad profesional o incluso ayudas públicas para disfrutar del ocio. En Grecia, la crisis de la deuda soberana ha convertido todo eso en pasado, está evaporando el presente de los ciudadanos y se está comiendo su futuro.

Sorprendentemente, los griegos que se manifiestan por las calles mientras esperan recibir nuevos paquetes de ayuda gritan sobre todo en contra de los políticos corruptos. Aquí en España, uno de los cánticos más habituales de los “indignados” del 15M también va dirigido contra los políticos: “No nos representan”, dicen. De hecho, según la última encuesta del CIS, los políticos son la tercera preocupación de los ciudadanos: el 22,1% de los entrevistados por el CIS dice que la clase política es el principal problema de España. Sin embargo, no perdamos el norte: al 84,1% de los españoles lo que más les preocupa es el paro, seguido por el temor a quedarse sin dinero para mantener a su familia (46,7%).

En Grecia ocurre lo mismo. Lo que más preocupa a la gente es el desempleo y la falta de expectativas, pero sin embargo el principal objeto de sus críticas es el robo y la corrupción. No digo que no existan, pero considero que no es la clave del problema, por mucho que sea lo que más escuece. Los griegos, como los españoles, aún no entienden que la crisis de la deuda soberana se debe a que los políticos han creado enormes aparatos burocráticos y han gastado mucho más dinero del que disponían. Es una lástima que en Grecia, España o el resto de países europeos en apuros, el debate social no se centre en que el tamaño de nuestra burocracia es imposible de mantener. Algo se dice, por supuesto, pero desde luego no es el centro del debate.

En Estados Unidos, donde el problema de deuda es similar al que tenemos en algunos países de Europa, los medios de comunicación sí están hablando constantemente de las cuentas públicas. La gente sí discute sobre si el gobierno es demasiado grande o no, si el gasto está disparado, si los impuestos son demasiado elevados o si las leyes coartan su libertad hasta el punto de erosionan el libre mercado, dificultando la posibilidad de hacer negocios y prosperar. Por ejemplo, según las últimas encuestas de Gallup, en Estados Unidos sólo un tercio de los ciudadanos defiende las virtudes de los programas sanitarios de financiación pública (como Medicare o el Seguro Social), mientras la mayoría despotrica porque sabe que el gasto es insostenible.

La mentalidad en Estados Unidos y en la vieja Europa es muy diferente. Hasta en la actitud frente a la crisis. Aquí buscamos el paraguas del Estado para que nos proteja, allí no. Como dice el pensador norteamericano Arthur C. Brooks en su libro “La Batalla” (te lo recomiendo), la economía allí no tiene que ver con el dinero, sino que es “un asunto cultural”. A su juicio, “para muchos estadounidenses, la libre empresa es definitoria” debido a que “es una nación formada por inmigrantes en busca de una oportunidad”. Por eso “no resulta sorprendente descubrir –asegura Brooks– que en el centro de su cultura se halle la creencia de que las personas humildes pueden ascender por sus méritos y sin depender del gobierno”.

Los estadounidenses lo tienen claro. Los griegos no. Tampoco los españoles, ni el resto de los europeos. La mayoría de nuestros convecinos desconoce que el epicentro de la crisis se localiza en el corazón mismo del estado del bienestar. Los números no salen y cada vez van a salir menos. En las últimas décadas el endeudamiento ha sido brutal. Tras estallar la crisis, los gobernantes, además, han estado haciendo todo lo posible por disimular: primero negándolo y luego ocultando los agujeros con dinero público, rescatando bancos quebrados, subvencionando la actividad de empresas insolventes y sufragando subsidios crecientes, mientras al mismo tiempo mantenían o incrementaban el gasto en las partidas tradicionales (educación, sanidad, pensiones, subsidios, etc.) para financiar el bienestar.

El primer paso para resolver un problema pasa por identificarlo correctamente. Así pues, admitámoslo: nuestro problema es que el estado del bienestar ha quebrado. Una vez lo aceptemos podremos empezar a trabajar para reconstruir, desde los escombros del sistema actual, uno nuevo justo y equilibrado donde el estado sea pequeño, la burocracia mínima, las leyes perdurables, la justicia se aplique con equidad y el dinero sea honesto para garantizar la solvencia de las transacciones. Y por supuesto, erradicando la corrupción. Faltaría más. ¿Crees que podremos? Yo soy escéptico al 99 por ciento. El 1% restante es la esperanza, que es lo último que se pierde.

A la vista de la que se avecina, hace tiempo que puse en marcha un plan para proteger a mi familia. En septiembre de 2010 lo compartí con cientos de lectores a través del libro “Yo tengo un plan” y desde enero he empezado a publicar una “Guía de inversiones muy rentables” con recomendaciones concretas. Acabo de subir la última a Internet. En seis meses, los lectores-inversores ya le han ganado un 15% a sus ahorros. Con los tiempos que corren, no está mal.

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